Cómo me gusta escuchar el hilo de los días en este pueblecito que siempre te reconoce al llegar y que tú reconoces. Es algo tan cercano y familiar que lo entiendo desde adentro, aunque sin dejarme de asombrar por esa maravillosa simplicidad de las cosas y lo que la permanencia nos regala a quienes la apreciamos: es un abrazo que siempre se te abre.
Escucho el discurrir de las horas y sus sonidos traen recuerdos de lo que siempre he llevado adentro: es luz, juego de niños en la calle, voces cercanas o distantes, pájaros en la tarde, por la mañana, campanillos de cabras, la hora de ir a buscar el pan, el paso del vecino de aquí o de más allá, un tono de voz, una puerta que chirría.
Cómo me gustan esos breves paseos al atardecer

En estos días de calor, es a la única hora a la que se puede salir a caminar. Hoy elegimos un trayecto corto y en él va apareciendo el momento,

las cosas que asoman de lejos

o de cerca,

Vamos recordando cómo era en ese castaño de largas candelas y tronco con intrigas

o cómo es ahora que el camino nos lleva

en juegos de infinito detalle

Un poco más allá aparece

Ya ves, mi pueblo no guarda un orden de casas ni una estructura ordenada

pero ese desorden también le pertenece.
Me gusta encontrarme los huertos plantados y celosos del cuidado y el saber que las manos le ofrecen


Junto a ellos, los caminos por donde los cardos también encuentran su asiento,


como las escenas de lo cotidiano

Sí, todo le pertenece y todo parece estar ahí, un poco detenido cuando el primer frescor del día llega y la rosa asoma entre la cal de la vieja pared,

de la mano de su compañera la hortensia

y los tejados que, como todo lo demás, ya empiezan a desdecir el día

Luego salen los grillos y nos sentamos a mirar la luna, tan llena y hermosa en su travesía.