lunes, julio 21, 2008

A veces

No tener conexión a internet en casa es algo diferente, como tener una “oficina” a la que debo ir si quiero conectarme. A veces es fuera del local y otras (de 10 a 2, sábados y festivos cerrado) adentro. Ésta es mi oficina

La alcaldía, la secretaría y el despacho del alguacil quedan junto a la silla del pasillo que me sirve de pupitre y asiento. Bueno, eso si no estoy en la sala de ordenadores desde donde escucho algún que otro pregón si coincide y a los chicarrones con los que comparto oficina y que también van a conectarse.

En estos días de estar subiendo y bajando, siempre paso por el mismo lugar y cada día veo estas margaritas y claveles

Por fin esta tarde salgo a hacer una foto. “Ha llovido mucho esta primavera y el huertecín que tenemos al lado de la casa ya lo hemos tenido que segar varias veces porque no se puede ni pasar”, me dice la dueña de la casa que lleva un rato observándome y ahora ya sale para ir al paseo con las primas.
Le digo algo del rosal de enfrente, el del Corral Concejo

y me dice que ha estado tan lleno de rosas que hasta parecía que las piedras no iban a poder con ellas

Piedra y vegetal. Esa unión siempre me parece especial, como si sonriera, como si el contraste reavivara la unión

Hay cosas así, cosas que acarician por dentro y se te enredan entre la piel, como los tejados viejos con sus viejas puertas y ventanas

o sus tejas,

el pajarillo en ese preciso instante

o la transparencia en el requiebro de la hoja


Cada mañana paso por este rincón

y por fin esta tarde vengo a verlo más de cerca.

Ahora que el sol no quema puedes acercarte a tocar la piedra. Está despierta.

domingo, julio 20, 2008

Así es por aquí

Es época de lechugas, judías verdes, berzas, calabacines. Así es por aquí. Quien tiene te ofrece y te regala, tú regalas algo diferente y devuelves el favor si no ahora, un poco más tarde. “Anda, siempre haciendo favores”, dice la señora María. “Para eso estamos, que si no nos ayudamos nosotros, a ver quién nos va a ayudar”, contesta la señora Hipólita.

En esta época del año, Lagunilla es el punto de encuentro de mucha gente. Son pocos los que aquí se han quedado a vivir y sin embargo, la población se triplica en verano. Quienes no han construido casa siguen viniendo a casa de la madre, la hermana o el amigo; los nietos a veces llegan solos hasta que haya vacaciones. Julio es más tranquilo. En agosto llegan todos, especialmente en las fiestas, las de la Virgen de la Asunción a mediados de mes. Nunca paso el tiempo suficiente en esa época para que no se me despinten las caras. Como ellos a mí, les reconozco por el parecido que les traiciona y que me dice que son hijos de tal y tal. Ellos me reconocen por las pintas pero no saben muy bien si soy ésta o la otra. Así es por aquí.


Comentaba ayer algo de ese reconocerse. Tal vez sea que lo pequeño ayuda a crear lazos. O que lo que cambia más léntamente ayuda a mantener recuerdos y recrearlos, evocar con más facilidad, mantener relaciones personales, crear referencias. Tener puntos de referencia es importante. Aunque la calidad de esas referencias es siempre significativa. (Por un momento pienso en la búsqueda de lo práctico en las ciudades estadounidenses, fácil orientarse en ellas y encontrar las cosas que puedes encontrar en muchas otras ciudades del país, las mismas cadenas de restaurantes estés donde estés. Hay a quienes no le gustan las sorpresas.)
Por eso es bueno poder pasar por calles de siempre,

aunque haya nuevas casas o nuevos jardines aquí o allá, un banco nuevo tal vez, una acera un poco mejor hecha, una pared para rebocar

Las cosas cambian, sí, pero la referencia sigue estando ahí.
Así son las cosas por aquí

sábado, julio 19, 2008

Pertenecer

Cómo me gusta escuchar el hilo de los días en este pueblecito que siempre te reconoce al llegar y que tú reconoces. Es algo tan cercano y familiar que lo entiendo desde adentro, aunque sin dejarme de asombrar por esa maravillosa simplicidad de las cosas y lo que la permanencia nos regala a quienes la apreciamos: es un abrazo que siempre se te abre.
Escucho el discurrir de las horas y sus sonidos traen recuerdos de lo que siempre he llevado adentro: es luz, juego de niños en la calle, voces cercanas o distantes, pájaros en la tarde, por la mañana, campanillos de cabras, la hora de ir a buscar el pan, el paso del vecino de aquí o de más allá, un tono de voz, una puerta que chirría.

Cómo me gustan esos breves paseos al atardecer

En estos días de calor, es a la única hora a la que se puede salir a caminar. Hoy elegimos un trayecto corto y en él va apareciendo el momento,

las cosas que asoman de lejos

o de cerca,

Vamos recordando cómo era en ese castaño de largas candelas y tronco con intrigas

o cómo es ahora que el camino nos lleva

en juegos de infinito detalle

Un poco más allá aparece

Ya ves, mi pueblo no guarda un orden de casas ni una estructura ordenada

pero ese desorden también le pertenece.
Me gusta encontrarme los huertos plantados y celosos del cuidado y el saber que las manos le ofrecen


Junto a ellos, los caminos por donde los cardos también encuentran su asiento,

como las escenas de lo cotidiano

Sí, todo le pertenece y todo parece estar ahí, un poco detenido cuando el primer frescor del día llega y la rosa asoma entre la cal de la vieja pared,

de la mano de su compañera la hortensia

y los tejados que, como todo lo demás, ya empiezan a desdecir el día


Luego salen los grillos y nos sentamos a mirar la luna, tan llena y hermosa en su travesía.

jueves, julio 17, 2008

De pueblo a pueblo y... En Lagunilla

En este día de calor, una frescura esas gotas de agua sobre el un cristal transparente que transforma la gotas en azogue. Es verano

Vamos al sur de la provincia, allí donde los olivos miran a Cáceres y el roble a Salamanca.
Ahora sí, el último trayecto del viaje, la casa, inconfundible cuando el sol va cayendo,

con sus rincones repletos de flores después de las lluvias de junio y su atractivo intacto,

generoso en sus ciclos

No cabe duda, es este rincón, el guindo que ya dió su fruto

y el largo anochecer con su luz distrayendo las montañas y los pájaros jugando veloces en su último vuelo del día

miércoles, julio 16, 2008

Por Monleras

Si algún día quieres acercarte a Monleras, hazlo. No te vas a arrepentir. Es un pueblo pequeñito en la comarca del Campo Charro, muy cerca de los Arribes del Duero y de Portugal. Su gente le da vida.
Mi amigo P. lo eligió como pueblo adoptivo y ahí decidió vivir y construir su casa, una casa hecha a mano, con la calidez de la madera y lo que tú mismo construyes, lo que se mima, el detalle. No está solo. R. es gran parte de su vida y con ella, los proyectos nunca son algo del pasado. Siempre hay algo más, hecho a mano, mimado como la casa y la mirada al cada día tal y como los ventanales miran al campo por donde se adentra el sol.

Si quieres acercarte a Monleras, no te vas a arrepentir. Aunque sea día de calor. Si llegas temprano, deja que las horas de la siesta se agoten del todo y luego, sal a caminar

Como en muchos otros pueblos pequeños, apenas sales ya estás en el campo,

entre huertos segados y recogidos, bien peinados

Huele a calor, a campo, a paja seca.

Ahí, muy cerca, están las cabañas en las que pasaría la noche si pudiera quedarme. Hay tanta calma en este prado y tanto gusto en todos esos detalles...

Es uno más de los proyectos de R., como la miel que hace, los jabones que fabrica o los panes que hornea. Encaja con todo lo que es el pueblo y las iniciativas que se mueven desde el ayuntamiento a nivel cultural y social, iniciativas que ayudan a que un pueblo pequeño como éste no muera, que anima a la gente a quedarse o a volver a él (la única manera tal vez de aliviar un centralismo que concentra a millones de personas en grandes urbes, lo cual cada vez es más frecuente en más ciudades del mundo).

Cuando vengas, no dejes de caminar por donde las encinas delimitan el horizonte


y donde por capricho se convierten en mujer


Y no dejes de quedarte ahí un rato, bajo esa carpa desde donde puedes ver el nivel adonde llega el agua cuando el embalse va muy lleno. Quédate hasta que la luz rompe su filo y te envuelve con su tibieza y la primera brisa pasea tus brazos. Quédate hasta que las nubes encuentren su color

y las siluetas recobren su dramatismo,

cuando lo perdonas todo y entregas un último beso