Todo el día ha hecho un calor de pasión. Hasta por la noche, muy tarde ya, la brisa templada y húmeda agota los suspiros. Los cocuyos parecen ensimismados en su canto. Chicharras allá, cocuyos aquí.
Todo el día ha sido un concierto a ritmo de bombo, el que Froilán González ha hecho, el que hemos comprado.
Con tal sencillez nos invitó a comer que para allá fuimos, a la casa que alquila en esta época para venir a la feria de artesanías, al festival. Nos recibe con la misma sencillez con la que nos invitó. Su mujer, Teresa, también es encantadora. Con ellos, sus dos hijas, dos nietos, un par de aprendices. Nos están esperando para añadir la pasta al guisado que se está haciendo en la parrilla, sobre la lumbre de leña en el suelo.
Cuando llegamos, Froilán está preparando el cuero para los parches. Enseguida nos enseña el cuerpo del bombo y quiere que le haga una foto de esta manera
Sus manos se mueven con esa sabiduría de la experiencia y el buen hacer que late en lo que hacen. Lo sientes, igual que sientes cómo él palpa el largo del pelo de la piel de cabra que va recortando para que quede bien nivelada,
Embrujo en el alma de los instrumentos, en el constructor y en cada uno de los momentos de ese proceso. Embrujo en el poder ser testigos de ello.