Hoy no hay fotos del camino, aunque vuelvo a pasar por Catecamo y veo la laguna desde lo alto. El paisaje cambia a partir de ahí y la vegetación no es ni tan verde ni rica. Paso pueblecitos abrasados por el calor, veo a gente meciéndose en sus hamacas, a niños y niñas con uniforme saliendo de la escuela. Veo a vendedores de jugo de piña, de naranja; vendedores de cocos; talacherías, pequeñas tiendas de abarrotes, puestecitos aquí y allá. A veces no puedo por menos y paro un momento
Jáltipan es una pequeña ciudad de unos 35.000 habitantes. Llego con el calor enfurecido de las tres de la tarde. No es un lugar tan obvio como otros: he tenido que preguntar dos veces por el hotel y me cuesta encontrar un restaurante. Poco a poco me voy encontrando. Al entrar había buscado El centro de documentación y ahí es donde me dirijo
He hablado con Ricardo Perry, la persona que lo lleva, y ya me espera. La puerta está abierta. Una tarima descansa en el centro del patio
Y ahí está Ricardo. Como si la coversación viniera de antes no sentamos a tomar café y a charlar. Él tiene mucho que decir de sus vivencias y proyectos, su trabajo con el grupo Chuchumbé primero y luego con Los cojolites, El centro de documentación como proyecto para recuperar y recoger en un lugar material sobre el son jarocho
Como otras muchas otras personas con las que he hablado estos días, tiene que decir acerca de la falta de apoyo de las instituciones, del trabajo no remunerado que muchos llevan a cabo para tratar de recuperar y mantener una tradición que hace cuarenta año estuvo a punto de desaparecer.
Ahí también está echando una mano Gabriel, un canadiense que llegó a Jáltipan para aprender jarana. Ahora forma parte de la familia jarocha. También él tiene bastante que decir
Todo se siente tranquilo. Salimos cuando oscurece buscando la fresca de la noche
Cada sitio al que llego es una ventana abierta. El paisaje es amplio pero también tiene marcas muy concretas. Voy viendo las guías a seguir y la mejor ruta para el vuelo. Espero.









