Es nuestro ultimo día en Montreal. No podemos irnos sin pasar por un pequeño restaurante en el vecindario judío que varias personas nos recomendado. El sitio no es gran cosa; el espacio es pequeño, una barra a lo largo del local, mesas de formica al otro; mesas y sillas pequeñas para que quepan más. Con eso y un menú de lo más sencillo consiguen mantener una clientela diaria que llena el lugar de 9 de la mañana a 12:30 de la madrugada. ¿Qué comer?
Un sándwich de carne de ternera ahumada, patatas fritas, ensalada de col y pepinillos como complemento. Nada más. Llegamos a las 11 para tomar brunch, algo típico de los domingos, un desayuno-almuerzo, breakfast y lunch todo junto. El lugar ya está casi lleno y en menos de media hora se acaba de llenar. La gente espera a la puerta y cuando salimos aún hay cola
(Lo mismo pasó ayer en algunos restaurantes de la zona de la calle Duluth donde fuimos a comer. La gente espera para entrar y a veces esa espera dura hasta dos horas.)Tenemos un poco de tiempo antes de ir al aeropuerto y decidimos ir al mercado de Atwater a comprar quesos de Montreal. Verduras y frutas se despliegan con el mismo cuidado que en el mercado de Jean-Talon
pero son los puestos de carne y pescado los que se llevan la palma. Yo diría que nada como los mercados de España o Portugal para comprar carnes y pescados y encontrar los cortes más inverosímiles, pero la cantidad y variedad también aquí llama la atención.El sexto sentido físico nos arrastra a un rincón más dulce, a una pastelería que te desborda. Es casi imposible decidir qué

Al final, un café y un pastel tout chocolat
y sinónimo de satisfacción total. Eso me llevo de Montreal.













































