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sábado, julio 21, 2007

De regreso, Monsanto por el camino

Dejamos el mar con esa nostalgia que siempre nos achica con el adios. Esa es la última ola, el último suspiro de humedad detenida en las manos, tus ojos acostumbrados al destino de su inmensidad.
A lo largo del camino, esos contrastes de verdes y sequedad, regadío y secano, alcornoques, olivo, grano. Nunca un paisaje detenido e igual. Y pueblos blancos adornados de azules o amarillos. Siempre blancos, ordenados en su espacio, sus casas sin hacinar, sin atropello.

Vamos subiendo, dejamos atrás Castelo Branco buscando Monsanto

Ya has estado. Nos dices que realmente merece la pena. Merece. Y mucho. A su vera, el valle se extiende verde y fecundo, una de sus montañas revestida de verde; en la otra, atalayas de castillo y talismanes de un pueblo que sorprende más que cualquiera de sus descripciones o imágenes

Sí, el castillo medieval en lo alto, castillo del que queda un cinturón de murallas, algunas torres, las ruinas de una de sus capillas,

otra dentro del recinto. Ruinas o no, tal vez sea la altura y la mirada al valle lo que confiera al lugar ese algo fantástico y espectacular, o acaso la magnitud de sus rocas

y la construcción envolviendo piedras gigantes, apoyándose en ellas

En la ladera, el pueblo, un regalo de piedra que construido con ella y desde ella, mima sus caprichosas formas

y sus inesperadas siluetas

y rincones

Caminas entre callejuelas revestidas de piedra,

aunque también las flores encuentran su nacer y su cobijo

Su gente, amable como nadie

Montaña, castillo y pueblo, un espectáculo magnífico


¿Cuántos rincones así en Portugal? ¿En España?

Hoy regresamos a casa. Ya tarde, poco antes de llegar, la noche nos dice que estamos llegando, algo en la luminosidad de las noches tardías de verano, un respirar inconfundible.

miércoles, julio 18, 2007

Santiago de Cacém, entre azules y blanco

No importa si es aquí o allá. Ahora es Além Tejo, Más allá del Tajo, esta región que tanto recuerda a la Extremadura española, tierra desigual y deshabitada, cambiante, algunos campos de regadío, otros para el ganado, muchos otros baldíos.

Me gusta este Portugal rural que aún sonríe y es personal. (¿Por qué deja de ser personal lo que en turístico se convierte? Aquí o allá).

Hoy vamos hacia el interior, a Santiago de Cacém. El aire se seca a medida que nos alejamos de la costa y el calor anida en el olor de la tierra seca, olor a jara y a retama entre monte bajo y alcornoques

Como los pueblos extremeños, los de aquí también son grandes. Más ciudad que pueblo, Santiago de Cacém luce blanquísimo a lo lejos, en lo alto. Y como otras poblaciones del Alentejo, viste su sencillo color encontrando el contraste con un cielo azulísimo.
Hoy busco fragmentos, esquinas,

trazos,

retazos,

formas,

bordes definidos

Y una iglesia ahora rehabilitada para museo donde nos recibe una malagueña simpática y guapa, una iglesia que fue centro de las peregrinaciones que se iniciaban al sur, en Sagres, y que subían hasta Santiago, peregrinaciones que terminaron con la invasion francesa; iglesia amurallada que hoy luce los pendones de la cruz de Santiago y que ahora quiere recuperar su pasado como punto de peregrinación y así entrar en la rueda del Camino de Santiago

Ciudad entre dos colinas, la iglesia y su muralla en una, las ruinas de Miróbriga (pero no las salmantinas de Ciudad Rodrigo) y un molino como los de la zona, éste construido en 1813 y todavía en funcionamiento, aunque nosotros lo vemos en su reposo. Cuando el tiempo lo permite, se puede visitar y quienes lo guardan te enseñan cómo en él se muele el cereal

De regreso, pasamos por Sines, en la costa, y caminamos su centro habitado de callejuelas alrededor de un castillo que prepara su escenario para un festival de músicas del mundo. Caminamos por el puerto

antes de robarle otra mirada al mar en Porto Covo, otro de los muchos lugares tan magníficos que hay en esta parte del mundo

martes, julio 17, 2007

Vilanova de Mil Fontes

No sé mucho de esta Vilanova donde estamos. Temprano esta mañana salimos a caminarla. No se descubre un pueblo sólo caminándolo. Es sobre todo su gente la que te cuenta: hay que moverse a su lado, tomar el café donde lo toman, comprar el pan donde lo compran, aprender a pedirlo de esa manera, recoger su tiempo, su pausa, su forma.

En estos dos día, y a pesar de estar querer hacerlo, ho yes cuando nos acercarmos al puerto de los pescadores. Separado de lo que parece ser el centro (o al menos uno de ellos) del pueblo, se esconde en uno de los entrantes del acantilado, como si su lugar hubiera sido elegido para protegerse de un océano demasiado abierto en una costa moldeada por el azote constante del oleaje

Hay silencio, apenas si hay movimiento. Él, como nosotros, en calma pierde su mirada en ese mar incesante


Ahí están, quietas y detenidas. Cada una de las barcas necesita atenciones y, todas reunidas, forman una espera que no se inquieta, espera sabia.
Ésta es la barca que me reclama con su azul y sus gaviotas entreteniendo su vuelo


En el pueblo, esta luz me soprende, estos contrastes que juegan sin descanso

Vamos buscando la iglesia o alguna plaza. Suponemos que alrededor de ellas puede darse ese diseño de plano que ayude a orientarse, que reúna calles y viviendas de la parte más antigua del lugar. Encontramos la iglesia que,

aunque no lo sea, parece nueva, como todo lo demás en el pueblo. Sabemos que algunas casas no lo son. Se les nota por la pequeñez de sus puertas, la anchura de sus muros. Pero son estos contrastes de blanco y amarillo, o azules, o azules y verdes los que nos despistan, todo limpio, todo tan retocado que no aciertas a distinguir ni su edad ni su historia

A veces son otros pasteles los que asoman

Pero es esta intensidad la que asombra,

esta solidez de contraste y sencillez


Algo aquí te invita y entretiene. A pesar de ser un destino turístico, no es la vida del turista lo que decide el ritmo de Vila Nova. No aquí en esta parte del pueblo donde las calles se juntan y entremezclan, no un poco más allá donde la gente se mueve de un sitio a otro haciendo la compra diaria. Tal vez sea un poco más allá, en la avenida donde hay carteles anunciando que se alquilan habitaciones. Pero la cafeteria-pastelería parece estar llena de portugueses y la lengua que escuchas alrededor es portugués.
Algo tranquilo que no es pretencioso, que es amable y respetuoso.

Es fácil estar de vacaciones, no tener horario, poder caminar hasta el mar a cualquier hora del día y rozar sus olas desde una playa casi vacía, recibirle, jugar, descubrir su celo, su nostalgia, su generosidad, sus cuevas de piratas

desde donde inventar y esculpir,

construir,

abrir

o llegar

antes de un atardecer y una luna que completan el ciclo de un día tan sencillo y hermoso en Vilanova de Mil Fontes


Eso sí, me faltas tú.

lunes, julio 16, 2007

De Vila Nova de Milfontes a Cabo San Vicente-Parte 1

Unos 100 kilómetros de costa desde Vila Nova al Cabo San Vicente, muchos pueblos en el camino. La carretera sinuosa recoge la ternura de una tierra cambiante en su verde, su vegetación dispersa, abetos y pinares entre montes baldíos. Verde que no viste exuberancias junto a un océano bravo que insistente, cuenta historias, calla, amamanta secretos, da vida, roba pareceres, acalla en sus olas.

100 kilómetros de azul, verde, azulverde, verdiazul, azulver.
Pueblos suspendidos en el tiempo, el interior recogido en sus gentes, sus pasos; el alrededor para todos los demás, los ingleses, alemanes y holandeses que gustan de venir a estas costas.
Es la dulzura de esta gente la que te enamora, te desarma, la sonrisa del desconocido, el sonido de su lengua, su amable mirar.

Hoy bajamos hasta el Algarve recorriendo la Costa Vicentina. A pesar del turismo, siento real esta parte de Portugal. Me gusta este campo, el espacio, el monte, la presencia de lo rural

Se respira un cuidado que no se ve en muchas partes turísticas españolas, tal vez una concienciación para proteger algun que otro espacio natural, algo a lo que los españoles hemos llegado demasiado tarde en muchos sitios.
Nuestra primera parada en el recorrido es Aljezur (¿acaso no es muy árabe este nombre?). El pueblo en cuesta, lo miras desde abajo, junto al puente,

el blanco estallando contra el cielo azul.
Cuando te adentras, te das cuenta de que el día sigue su curso. Como muchas otras veces, buscamos el mercado, no sólo por ver y saber qué pescado, qué frutas, qué verduras, sino por sentir el ritmo de la gente, sus formas y maneras,

sentir el pulso de quien pasea, quien comparte un cigarillo a la sombra o quien a solas se sienta dejando pasar las horas

La nacional que baja desde Vila Nova al Cabo de San Vicente es estrecha, con muchas curvas. No merece impacientarse. Antes de llegar al punto más septentrional nos desviamos para ir a Carrapateira, otro saliente al mar que no lo llaman Roca de ni cabo. Sin embargo, su mar infinito te acalla

A uno u otro lado,

su fuerza y su belleza son infinitas, y sus azules cambiantes, el regalo más exquisito

Sus gaviotas, tan elegantes y silenciosas que su hilo invisible enlaza y te lleva, te mueve sin sentir, en un suspiro, una eternidad.

Para cuando llegamos al Cabo de San Vicente, la belleza de Carrapateira se nos ha quedado tan presente que sentimos menor la altura de este cabo del sur y su fantástico acantilado. Aunque también desde allí los azules vuelven a ser insospechados y la costa perdiéndose en la distancia, una insinuación espectacular