
El frío de estos días se fue a esperar a la vuelta de alguna esquina mientras el calor y la humedad hoy retocaron colores y jugaron al despiste.
Lo inesperado confunde rutinas, juega con ellas.
A veces las mima.
Sí, exactamente. Ese es el mensaje para mister president, el mismo que recibe hoy en Washington con una manifestación masiva y el que no dejará de recibir hasta que no saque las tropas de Irak. Todo Madison se lo dice
Sí, la calle donde no importa el vestido, el color, ser niño
donde también los animales tienen derechos
y los más pequeños crecerán sabiendo que existen lugares donde habita la tolerancia
Además del festival de músicas del mundo, hoy es el primer día de Willy Street Fair, un festival que le pertenece a la parte este de la ciudad. ¿Cómo describirlo? Un aire imposible de igualar, un festival de dos días que acoge uno de los aspectos que define a Madison, su espíritu más liberal, más cool y politically correct (cómo me llamó la atención a escuchar esta expresion por primera vez este verano en España, en los medios de comunicacion, entre amigos y conocidos). Sí, Willy street, una de las zonas más "progres" de la ciudad, carismática y entrañablemente cierta,
Dobet Gnahore, de Costa de marfil, actúa con su grupo. Desde el primer momento en que la escucho, me lleva. Te invita. Su presencia en el escenario es maravillosa,
lo recorre y domina con una facilidad que impresiona
Su ternura te llega,
la sientes, al igual que sientes su entrega
lleva la presentación, une al grupo; y el grupo está muy presente, muy junto: te regalan la música. Esa es la gran diferencia con los grupos que vimos ayer. Hoy sin embargo, tenemos suerte. En el Union, el festival de músicas del mundo continúa y escuchamos al trío de Roberto Rodríguez y Maurice El Medioni. Roberto toca batería y percusiones, una chica al contrabajo y Maurice toca piano y canta en francés y en árabe. La música, una mezcla de trova cubana, latin jazz tranquilo con improvisaciones que tocaban desde ragtime a boleros conocidos, flamenco con sabores de caribe y músicas clásicas. Tal limpieza y gusto, una interpretación exquisita, un sonido que no te cansas de escuchar, ese tipo de música de cámara vivo que tan difícil es encontrar.
Hoy es el último día del festival. En el teatro escuchamos un rato a Gerard Edery Ensemble y sus canciones sefarditas, calma, esas melodías que tan familiares se sieten. Cierra la noche Louis Mhlanga y su grupo, de Zimbawe. Hace frío pero hay mucha gente. Las farolas alumbran tímidas pero la música llega con fuerza. La música tiene fuerza y se revitaliza en su diversidad y su espíritu sin fronteras.
Ayer comenzó el IV Festival de Músicas del Mundo en Madison. Ayer no pude escuchar ningún concierto pero hoy sí. Hace demasiado frío para tocar afuera en la terraza del Union y los conciertos se están haciendo en el teatro. Todo va con un poco de retraso así que nos da tiempo a dar un paseo por Mongolia, por la República Dominicana y por Irán. No todo son músicas tradicionales. En festivales así cabe de todo, desde lo más tradicional a lo más contemporáneo.
Voy, vengo, me muevo de un sitio a otro y el rato que puedo, me detengo. Quisiera poder descansar un momento más. Estos cuatro días han sido largos, intensos. Ha sido sumergirse en un nuevo ritmo de vida sin tener mucho tiempo para extraviarse, sin tiempo para los amigos, los mensajes, el teléfono. Sin embargo, me siento en paz con la vida y sé que los demás están ahí, como estas flores que encuentro por la vereda y que parecen resistir los días más templados. El sol las alimenta. Sonrío al verlas y pienso que esos colores también son de comienzos de otoño
Quizás por el contraste de la forma y color del tejado con el verde del volkswagen verde aparcado enfrente; el negro lo veo después, la camioneta roja llega más tarde. Me pierdo en mis pensamientos mientras sigo hacia el campus. Me acerco un momento al lago, junto al Union, esa terraza que tanto se disfruta en el buen tiempo. Hay mucha paz. Los pocos ahí sentados leen, charlan o no hacen nada en este día luminoso
Al otro lado, los botes más grandes descansan y los más pequeños se preparan para alguna salida
También aquí se siente la calma, cierto silencio, la plenitud de esta luz y el espacio abierto
No puedo entretenerme más. Más vale que me vaya pronto porque a estas horas del día no va a ser muy fácil encontrar aparcamiento
el verde más quebrado
Los árboles ya empezaron a mudar su ropaje, a lucir ocres,
otras transparencias
Son los primeros retazos y sin embargo, pareciera que ya están listos para la nueva estación, que el cambio no les es extraño. (¿Y cómo lo conciliamos nosotros que tanto nos cuesta ir de una a otra vereda?)
y que la anuncia repleta de bienvenida.
Es nuestro ultimo día en Montreal. No podemos irnos sin pasar por un pequeño restaurante en el vecindario judío que varias personas nos recomendado. El sitio no es gran cosa; el espacio es pequeño, una barra a lo largo del local, mesas de formica al otro; mesas y sillas pequeñas para que quepan más. Con eso y un menú de lo más sencillo consiguen mantener una clientela diaria que llena el lugar de 9 de la mañana a 12:30 de la madrugada. ¿Qué comer?
Un sándwich de carne de ternera ahumada, patatas fritas, ensalada de col y pepinillos como complemento. Nada más. Llegamos a las 11 para tomar brunch, algo típico de los domingos, un desayuno-almuerzo, breakfast y lunch todo junto. El lugar ya está casi lleno y en menos de media hora se acaba de llenar. La gente espera a la puerta y cuando salimos aún hay cola
(Lo mismo pasó ayer en algunos restaurantes de la zona de la calle Duluth donde fuimos a comer. La gente espera para entrar y a veces esa espera dura hasta dos horas.)
pero son los puestos de carne y pescado los que se llevan la palma. Yo diría que nada como los mercados de España o Portugal para comprar carnes y pescados y encontrar los cortes más inverosímiles, pero la cantidad y variedad también aquí llama la atención.
Al final, un café y un pastel tout chocolat
y sinónimo de satisfacción total. Eso me llevo de Montreal.
hasta la plaza Victoria
muy cerca de este edificio donde trabaja nuestro amigo O.
Desde allí caminamos hasta la Plaza de Armas por calles muy vacías por ser sábado. La mezcla de lo nuevo y lo viejo es evidente y parece tener un algo casi dramático cuando contrasta con ese cielo tan intenso
por el que las nubes viajan con rapidez
La calle es Notre Dame
y va desde la plaza Victoria hasta la plaza de Armas
donde está la basílica de Notre Dame. Hoy parece un circo esa plaza con tanta boda y tanta gente peripuesta, limusinas, carruajes
Y no es sólo aquí sino un poco más allá. Como si el día fuera el propicio y el buen tiempo hubiera echado a volar las campanas. Se siente un poco como de otro lugar, otro momento,
casi irreal aunque cierto. El día tan luminoso lo exagera y delimita con líneas claras.
El día tan luminoso lo exagera tal vez y lo delimita con líneas claras
el contrabajista y clarinetista a punto de empezar a tocar,
el Elvis con quien cualquiera se puede fotografiar por $2 (-la chica de la foto me mira asombrada como preguntándose por qué además de su compañero yo también la fotografío),
los otros músicos, los pintores, los caricaturistas... la lista es interminable. Un adiós por ahora. Mañana un poco más.